Uno de los miedos que frecuentemente ponen en vilo a los intelectuales es que su acercamiento a la verdad sea tautológico, esto es, redundante. Por ejemplo, si a mí gustaría tomar como verdad la máxima que mejores gobernantes generan mejores pueblos, rápidamente caigo en duda si esto se debe a que mejores pueblos tienen, por lo general, mejores gobernantes y el sentido de la causalidad se indefine.
Por ejemplo, Costa Rica era muy parecida a Honduras hasta bien entrado el siglo XX. No fue hasta las reformas sociales de los años cuarenta cuando se dio una clara divergencia en sus patrones de desarrollo económico. Tal fue el impacto que tuvieron las reformas sociales (esencialmente, las reformas dieron luz, con la Caja Costarricense del Seguro Social y la Universidad de Costa Rica, a un pueblo sano y educado) que siguen generando rédito siete décadas después y permiten “sobrevivir” a otros rezagos importantes del país, como en lo que respecta a infraestructura.
Esas grandes reformas sociales no hubieran sido posibles sin la figura de Calderón Guardia por lo hace valer la analogía de que los frutos del mañana los cosechamos con los líderes de hoy.
Como conclusión al margen epistemológico, va a contrapelo del sentido común negar la importancia de los gobernantes; ese “primer” ciudadano que para bien o para mal lleva en primera fila las riendas de los países deberá ser el primer facilitador al progreso de un país.