La niña que era risueña toda ella.
Dedicado a Oscar Wilde.
Paseaba la niña por las calles, era risueña toda ella. Estaba feliz porque el calor del sol venía a ser refrescado por ocasionales ráfagas de brisa. Así que caminaba por las calles, era risueña toda ella.
No paró de caminar hasta que encontró con quién jugar. Era niña como ella, pero su mirada era un poco triste y fugitiva. La otra niña no atendió preguntas sobre su infancia o del por qué de sus aflicciones. Sin embargo, en el juego se entendían de maravilla y quedaron de jugar al día siguiente y lo mismo acordaron para el día después hasta que pasaron muchos días.
El tiempo pasó hasta que la risa de la niña que era risueña toda ella no se distinguía de la que tenía la otra niña que era solo tristeza. Quizá eran una y la otra al mismo tiempo.
Regresaba de sus juegos diarios la niña que era risueña toda ella cuando encontró una carta de su mamá que decía: “Querida hija: Te quiero demasiado. He tenido que salir en busca de mí hija perdida, por eso es que paso triste un día de cada dos. Tu eres la razón de mí felicidad, pero debo encontrar a la razón de mí tristeza. Niña amada, no te preocupes que estarás en buenas manos”.
A la niña que era risueña toda ella se le borró la sonrisa de su cara de ángel y no pudo hacer otra cosa que esperar a que fuera nuevamente la hora de los juegos del día siguiente. Sin embargo, ese día la otra niña que era solo tristeza no se presentó a jugar ni lo hizo al día siguiente ni el día después hasta que pasó mucho tiempo. La niña que era risueña toda ella nunca más supo de la otra niña, de su madre ni de su propia risa.
Solo tuve fuerzas para hacer algo más en su vida y fue escribir esto “Si no rehúyes tu destino podrás encontrar la felicidad antes de que empieces a buscarla”.