Su vida era una oda al esfuerzo. Parecía que dejaba a un lado las vanalidades del presente, porque estas siempre
están en el presente, para concentrarse en lo que en verdad importaba, que casi siempre tendría lugar en el futuro.
Pero todos sabemos que la importancia de algo es siempre relativo, ya que nadie puede decir con certeza que viene antes y que viene después.
Para él siempre estuvo claro, sin embargo, a pesar de lo relativo que era toda la cuestión, qué era lo importante en su vida
y esto lo hacía dueño de su destino, un destino labrado a base de lágrimas y sudor del presente.
Por eso le sorprendía que se discutiera que vino primero, si el huevo o la gallina.
No tenía ninguna duda de que primero vino el huevo.
Y pensaba precisamente en esto segundos antes de cobrar el penalti.
Aquí debemos hacer un parentesis para explicar unos detalles del fútbol. El penalti es la falta máxima
con que se castiga a un equipo y debe ser ejecutado a once pasos de la línea de gol. Solamente el guardameta y el tirador
median en el cobro de un penalti después del pitazo de ejecución. Y se dice que realmente es el tirador quien decide si el balón entra o sale, ya
que si este hace pleno uso de sus facultadades estará en un clara ventaja sobre el guardameta, quien en actitud pasiva tiene que adivinar
la caprichosa ruta de una pelota dentro de su enorme portería.
En el momento de la ejecución él se encontraba iluminado, si el huevo no vino primero será imposible que pueda cobrar existosamente el penalti
porque nunca antes lo había hecho. Es decir, solamente algo que no era gallina tuvo que haber engendrado la primera gallina o sino el nunca podrá
anotar un penalti cuando nunca antes lo había hecho.
Su filosofía tenía lógica pero el primer huevo nunca pensó en ser gallina y él no anotó el penalti.