La belleza del inframundo.
“Los países pobres son bellos”
Para él las cosas habían cambiado un poco desde ayer; al menos había cambiado su número de pertenencias.
Sonreía al poner a calentar sus manos sobre la extinta llama e hizo un recuento mental de lo que poseía.
Siempre habían sido tres. Su vestimenta, como un todo, un amplia alforja y su fiel perro. Su vestimenta la llevaba siempre puesta e incluía
bastantes sacos, camisas y más sacos y camisas que le habían regalado en este caminar que no era otra cosa que su vida o en esta vida
que no era otra cosa que caminar. Para caminar ocupaba zapatos y estos también iban y venian.
La alforja cobraba vida e identidad solamente por las cosas que la llenaban; hoy era un alforja de pan duro, mañana podría ser
una alforja de queso y ayer fue una alforja de gallina y huevo. Pero si acaso estas se comparaban a su tercera pertenencia, y esta era el perro. No solo
le protegia del frío, al mantenerse abrazado a él en los helados crepúsculos, sino que evitaba que le robaran los zapatos y, por lo tanto, ralentizaba ese ir y venir de los mismos.
Pero algo importante había encontrado el día de ayer y decidió protegerlo en su alforja.
Sí, las manos frías no lograban borrarle su bella sonrisa.
Este es un mundo maravilloso.