Dedicado a la bella región de Pejiballe, Turrialba.
Su caminar tenía cierta elegancia, a pesar de que iba vestido en harapos y con un viejo sombrero de paja de ala ancha. Pero lo que más llamaba la atención no era su apariencia sino una misteriosa mirada, que no era de estos tiempos. Había descendido al camino desde una montaña virginal e impenetrablemente verde. Llevaba un saco de gangoche vacío sobre uno de sus hombros para ser llenado con lo que posteriormente serviría para alimentarse él y sus cinco fieles caninos que le guardaban la espalda y vigilaban su paso a distancia.

Nos habíamos desorientado desde hacía media hora y en medio de la desazón no percibimos su presencia hasta que lo tuvimos cerca. Lo llamamos de forma impertinente, como solo aquellos con verdaderas ansias de llegar donde no se ha llegado lo pueden hacer. El hombre se acercó inmutable y nos señaló el camino con una precisión engañosa pero le hicimos caso.
“Eso sí –nos advirtió finalmente- tengan mucho cuidado de una cabeza de agua ya que ha estado lloviendo mucho en la montaña. Y recuerden, a las doce en punto llueve”.
El lugar era paradisiaco. Parecía que el agua fría y cristalina purificaba el alma además de quitar el calor del cuerpo. Pero la fiesta fue suspendida por un crujir del cielo que anunciaba una tormenta. Cuando la primera gota cayó nadie pareció darse cuenta que las manecillas del reloj marcaban las doce, había que recoger las cosas y a las palabras de un viejo no se le hace mucho caso.
MAS, 15 de setiembre 2008