Quisiera terciar, y de buena fe, con mí colega columnista, don Walter Coto.
En su fina reflexión, pone sobre el tapete algunos de los puntos más interesantes de la seguridad ciudadana.
Sobre el primer cuento me parece que subyace una contradicción o, a lo sumo, una ambigüedad pero, al final, el lector verá que este escritor y yo compartimos la esencia del mensaje. Entremos a detalle:
Estoy de acuerdo que el colectivo no es otra cosa que la suma de sus partes en el tanto que si no hay seguridad en el plano individual tampoco la habrá en la sociedad. Sin embargo, un costarricense que ha vivido en carne propia la inseguridad de seguro no entenderá a lo que se refiere el autor con “garantizarnos a si mismos, con buenas prácticas y métodos preventivos, nuestra propia seguridad”. Como verá el lector, esto puede contradecir o hacer ambigua la afirmación posterior de que la seguridad “es una función esencial del Estado, que justifica su existencia”.
Entonces, ¿es un asunto mío o del Estado? Y si es a medias, ¿cómo se reparten las funciones?Muchos costarricenses saben con nombres y apellidos (o por medio de rostros y caras) quienes son los perpetradores del crimen. He escuchado muchas historias sobre barrios donde la gente conoce a la perfección sus criminales y, por su puesto, los tratan de evitar a toda costa. Cuando caen como sus víctimas, solo les queda la resignación como amparo.
Me imagino que si caen muertos a manos de sus victimarios, estos fueron ineficaces en el uso de las buenas prácticas y métodos preventivos para garantizarse a sí mismos. Pero concordará conmigo el lector al preguntarse, ¿cuáles son estos métodos preventivos? Un método preventivo podría ser unirse con el resto de las víctimas y salir a la calle a asesinar a los criminales.
Pero seguramente esto no será una buena práctica y, se entrometería en las potestades del Estado -que históricamente ha sido el único en potestad de matar legalmente, aunque en este gracias a Dios esta opción está prohibida. Entonces, sin complicarnos más, un método preventivo y buena práctica sería denunciar con anticipación a los criminales en los juzgados pertinentes. Pero se olvida el autor que la mayoría de crímenes no se denuncian por miedo a las represalias o porque los angurrientos trámites de denuncia generalmente no llevan a nada. Entonces, seguimos sin métodos preventivos y buenas prácticas.
Otra posibilidad sería tomar clases de defensa personal, portar armar, resguardar nuestras casas. Pero aquí se abren nuevas dificultades. La primera, no todos tienen los recursos financieros para introducir en su vida estos mecanismos de auto-preservación que en muchos casos son bastantes costosos. Y, en segundo lugar pero quizás más importante, el pueblo costarricense efectivamente ha invertido en su propia seguridad en los últimos años mas esto no ha llevado a ¡nada! ya que la inseguridad ha venido aumentado, en lugar de disminuir, mientras que paralelamente se hacían más impenetrables nuestras viviendas, más personas contrataban servicios de seguridad privada y hasta el Estado invertía en más y más policías. Esta disyuntiva, de gastar más en seguridad y obtener menos de ella, se resume en la histórica frase “¿y quién cuida los custodios?”
Decir que yo como individuo me debo garantizar mi propia seguridad es una falacia por el simple hecho de que los criminales pueden cumplir con este precepto. ¿Quién mejor que un criminal para cuidarse a sí mismo? ¿Será que toda la sociedad deberá criminalizarse para poder garantizar su existencia? Claramente esto es un error y en países en que el Estado se ha vuelto un criminal legalizado, como en El Salvador y Honduras donde se atropellan todos los derechos humanos, la criminalidad ha aumentado en lugar de disminuir.
Al finalizar esta reflexión, el lector tiene que caer en cuenta lo que comparto con don Walter Coto. La seguridad es una responsabilidad de cada uno de nosotros pero también es una responsabilidad de los criminales. A veces nos olvidamos que los criminales son seres humanos que responden a un cuerpo, una mente y un espíritu. Se nos olvidan sus pupilas rojas y dilatadas cuando nos encañonan y empezamos a hablar del crimen como si fuera un bicho amorfo invencible.
Yo estoy seguro que la criminalidad en este país se puede vencer y he desarrollado una hipótesis a través de varios de mis artículos en donde intuyo que el consumismo -mucho más que la desigualdad en la distribución del ingreso- es un factor determinante de la delincuencia por cuanto ha deteriorado nuestros valores más fundamentales como sociedad. Pero no muchos quieren mirar ahí porque sería tirar piedras teniendo un techo de vidrio ya que, después de todo, ¿quién no ha gozado de las mieles de la sociedad consumista en que vivimos? Este tema lo desarrollaré a profundidad en otro artículo.
De nuevo hago un llamado a la reflexión sobre el país que queremos y les deseo a todos los lectores de El Azucarero una feliz fiesta patria este 15 de setiembre.